Entre los muchos fenómenos provocados por las nuevas tecnologías, hay uno que justifica sobradamente la afirmación de que Internet democratiza: la globalización informativa conlleva el acceso de todo el mundo a todo, y con ello la creación de mercados profesionales donde nadie, jamás, esperaría que florecieran.
El ejemplo de los blogs y de los periódicos es el más notorio, pero quiero empezar por otro que conozco algo mejor y del que quizás se hable menos: el mundillo de los traductores pirata.
Se trata de una práctica tremendamente frecuente en el ámbito friki de las series, y que ha generado un mecanismo tan rápido y eficiente que casi asusta: se emite el último capítulo de Lost o de Prison Break o de la serie de turno en Estados Unidos; los de aquel país lo graban durante su emisión y menos de una hora después de su final, está colgado en la Red. Entonces los de este lado del charco (o de Sudamérica: se dice, se comenta que en Argentina son muchos los traductores que se “regalan”) se lo descargan inmediatamente, lo despiezan en varios segmentos y se lo reparten. Comienza la traducción, que estará acabada la misma noche y el capítulo, disponible para todo aquel que no entienda inglés y quiera disfrutarlo. En la comunidad de la traducción profesional existe una gran polémica con todo este tema: hay quien defiende que habría que meterlos a todos en la cárcel; quien considera que son unos héroes; quien no les tiene miedo por la teórica escasa calidad de su trabajo; y quien defiende esta última postura con la boquita piñonera.
No entraré en valoraciones personales porque sería alejarse demasiado del tema central, baste observar que, en cualquier caso, la aparición de los traductores altruistas, piratas o como se les quiera llamar ha supuesto un importante terremoto en el mundo de la producción audiovisual. El público ya no considera de recibo esperar dos años a que su serie preferida se emita en España, ya no está dispuesto a comprar una caja con los DVD de una temporada completa. Claro que, en su mayoría, da por buena una traducción que puede no serlo, y está dispuesto a consumir un producto de inferior calidad (imagen, sonido: eso es innegable) por el mero hecho de ver el ansiado capítulo ya mismo. En cualquier caso, han cambiado las tornas.
Pues en el periodismo actual se da exactamente lo mismo. Me di cuenta leyendo las palabras de Pedro J. en Navarra el pasado viernes, cuando decía que “un bloguero no es un periodista por contar cosas”. Y un traductor pirata, ¿no se convierte en traductor por traducir cosas? He aquí el problema, la dificultad de definir qué distingue a un intruso de un profesional: la titulitis. La vía fácil es afirmar que lo que hace a un periodista (o a un traductor) es el haber estudiado una carrera, que es el mensaje de fondo de ese discurso del terror, el de los profesionales que temen (con razón) quedarse sin empleo por culpa de la gente que regala su trabajo o que cobra menos por él. O quienes sostienen (como intuyo que hacía Pedro J.) que se trata de una cuestión de análisis, de encontrar caras de la noticia. Da igual la excusa elegida, ya es hora de abrir los ojos: un tipo de Albacete que lleve toda su vida apasionado por la política estadounidense podrá competir con cualquier analista del USA Today. Digo.
La otra dificultad es asumir que nuestro albaceteño es capaz de producir algo que quizás tenga peor calidad, a ojos de un experto, pero que venda 10 veces más: dinero contra calidad. Qué combinación más peligrosa. Peligrosa porque cuando la (supuesta, que hay mucho jeta) profesionalidad es inversamente proporcional al dinero generado lo fácil, de nuevo, es invocar al Estado y pedir una ley, una ayuda, o un algo que remedie la situación. Puede colocarse este parche, pero la cuestión de fondo perdurará: el público prefiere menos calidad; o le da igual. Eso es lo que hay que subsanar.
Y es que si en todos los periódicos, todos los días, podemos entresacar faltas de ortografía, inexactitudes y contenidos mediocres... ¿Qué les diferencia pues de un bloguero leído? ¿Que el periódico cuesta 1,2 euros? Algo no funciona cuando los supuestos periodistas son en realidad blogueros amparados por un título cuyas garantías profesionales son dudosas, visto lo visto en mi propia carrera.
En el mejor de los casos, topamos con un artículo reposado y bien escrito en la sección de opinión, un texto largo y bien documentado que lamenta la pérdida de Larra en el periodismo y carga contra los problemas en la educación, o contra el maltrato a las mujeres, o contra la ley del aborto, o contra cualquier otro tema de moda mientras que, pocas páginas más allá, en los anuncios por palabras, se vende carne humana a precio de saldo.
Los periódicos se están convirtiendo en mastodontes cibernéticos vagos y pesados, que se han enzarzado solos en una guerra que no pueden ganar: han decidido medirse por el mismo rasero que los blogs y que los medios generados en internet, cuando en ningún caso pueden (ni deben) moverse a esas velocidades; cuando en ningún caso encontrará en el público que se pasa la mañana o la tarde ocioso en la oficina frente al ordenador al mismo que se compra la edición en papel y dedica media hora de su jornada a empaparse de lo que ha sucedido, que es el público para el que, creo yo, nació y debe existir el periodismo.
La prensa parece empezar a ser consciente de esta realidad y busca un nuevo bastión en el que refugiarse, corre a cubierto mientras que sigue disparando hacia los blogs, que le pisan los talones. Esa fortificación me da un miedo terrible: es el cuarto poder, esa mano alargada y en la sombra que mueve los hilos del escenario político (The Daily Telegraph y los diputados británicos; El País y la trama de corrupción), deportivo (el escándalo de Calderón y la asamblea del Real Madrid) o social (la crisis, la gripe A).
Por suerte esta es la cara chusca: hay otra mucho más amable, la del periodismo que trata de reformarse y encontrarse para sobrevivir en este nuevo contexto. Un debate que tendrá que dejar de lado ese miedo cerval a los quinceañeros armados con tardes libres y una conexión a internet para plantearse, más bien, qué calidad pueden ofrecer un periodista y un periódico profesionales que no pueda ofrecer nadie más, y renunciar así a una parte de sus contenidos, que deben quedar en los blogs, para concentrarse en sus puntos fuertes. Ya es hora de asumir que en un periódico no puede caber absolutamente todo: las ventas que las calculen los de marketing, los periodistas a lo suyo.
Nadie posee la receta para salir airoso de este cambio forzoso en la manera de hacer periodismo (aunque Pedro J. sostenga que valdrá el de toda la vida, adaptado). Es seguro que, como decía, hace falta formar mejores profesionales y borrar de una santa vez del mapa esa horrible costumbre, tan nuestra, de llenarse la boca llamando “intrusista” al que no tiene un título. Es más que necesario que quienes se dicen periodistas sean capaces de replantearse su profesión y sobrevivan, que utilicen este nuevo mundo para avanzar y no para dar palos de ciego y luego ir a llorarle a algún ministro cuando fracasan.
Es inexplicable que la profesión siga midiéndose por un rasero que no es el suyo, que siga más preocupada por el entorno que por su propia existencia: me recuerda a Leire Pajín, ayer, defendiendo en rueda de prensa la venta de la píldora del día después en farmacias sin receta. El único argumento que salía de su boca era: “Le recuerdo que esta medida se está aplicando con éxito en muchos otros países.” ¿En qué clase de sociedad pusilánime y alelada nos estamos convirtiendo cuando el primer paso para reflexionar, debatir, justificar, comer o respirar es mirar al de al lado, señalarle y comentar?
Ya son muchas las barbas cercenadas (menos páginas, menos contenidos, menos periodistas, más faltas de ortografía) como para empezar a plantearse poner las nuestras a remojo, como para empezar a considerar una reforma de fondo del periodismo que le propine un par de buenos sopapos para que, de una vez, por una vez, alguien en España deje de medirse por el estándar más bajo y empiece a actuar por sí mismo.
Despierten, hombre, y dejen de regalar vajillas, pelis guarras y cromos de Hannah Montana.
martes 19 de mayo de 2009
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